Cuando empecé a quererme, dejé de ignorar, obviar, minimizar – o simplemente tolerar – mi “Dolor”.

Fue entonces cuando entendí que mi “Dolor” requería ser atendido, puesto que expresaba “todo aquello” a lo que yo NO me atrevía a ponerle atención.

Paso a paso, fui poniéndole palabras a este “Dolor mío”……
…… y así adquirió relevancia como prioridad en mis necesidades.

Cuando empecé a amarme de verdad, me percaté que YO atendía – y entendía – todos mis “Dolores”.

Así pues, me responsabilicé de mi “Dolor”……
…… y, de este modo, mi “Dolor” se aligeró.

 

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