Érase una vez, hace mucho-mucho tiempo, una mujer aguadora, extraía con mucho esfuerzo el agua del pozo y luego cargaba sus dos cántaros, grandes-grandes, a lomos de su humilde asno…… y, así, iba vendiendo aquella agua por aldeas y pueblos.
Uno de los dos cántaros, era recién cocido, fuerte y resistente. La aguadora – y el mismo cántaro también – estaba orgullosa de él.
Este propio cántaro, tan nuevecito, se enaltecía por sus logros, pues se sabía perfecto para los fines para los que fue creado: contener el agua y trajinarla hasta su destino…… conservar el agua fresca hasta el final de su largo recorrido, desde el pozo hasta las aldeas.
Por el contrario, el otro cántaro presentaba un aspecto muy desgastado. La arcilla cocida, que antaño mantenía el frescor dentro de sí, resulta que, con el tiempo, se había resecado y resquebrajado, con lo cual, gotita a gotita, rezumaba agua por sus grietas…… y dada esta condición, sólo acababa trajinando la mitad de su capacidad de la cual se suponía que era su obligación.
La aguadora, empero, se resistía a desprenderse de este cántaro agrietado.
Sus razones debería de tener, la aguadora, para seguir tratándolo amablemente.
El cántaro agrietado, a su vez, una y mil veces se preguntaba a sí mismo cómo podía ser que la aguadora no prescindiera de él.
Finalmente, este cántaro resquebrajado, haciendo acopio de valor, se dirigió a la aguadora, diciéndole:
– “Estimada aguadora, mi vida ha sido muy feliz a tu lado y en compañía de tu asno, sobre los lomos del cual he cabalgado tantas jornadas de mi vida……
…… pero yo me siento avergonzado por mis resquebrajaduras, y me quisiera disculpar contigo porque, debido a mi mal estado, sólo puedes entregar la mitad de mi carga…… con lo cual sólo puedes obtener la mitad del valor que deberías recibir por tanto esfuerzo”.
La aguadora, apesadumbrada, acarició al cántaro compasivamente, y, como toda respuesta, le dijo:
– “Estimado cántaro, cierto es que llevamos mucho camino juntos, con muchas lluvias y mucho calor compartido. Cierto es que tu vida ha andado unida a la mía.
Yo quisiere que, en nuestro regreso a nuestra aldea, observaras las bellísimas flores que crecen y viven a lo largo del sendero”.
Así lo hizo el cántaro. Y, en efecto, el cántaro resquebrajado vio muchísimas flores hermosas a lo largo del camino.
Pero, así y con todo, el cántaro resquebrajado siguió sintiéndose  apenado, porque, al final, y una vez más, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar.
Descargado el cántaro del asno, y ya en el suelo, la aguadora va y le dice – “¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen, y viven, en tu lado del camino?.
Siempre he sabido de tus grietas y de tu pérdida del agua.
Un día sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde tu trajinas.
Tú mismo has sido quien las has regado todos los días, gotita a gotita, a través de tus resquebrajaduras.
La belleza de este camino, que recorro cada día como aguadora, me ha acompañado en mi dura tarea. Y por esto, yo te estoy muy agradecida.
Si no fueres exactamente como eres, con tu arcilla reseca y agrietada, no hubiera sido posible crear tanta belleza.”
(¿y quién, de nosotros, no tiene sus propias “grietas”?
¿quién, de nosotros, ostenta “la perfección”?
¿es obligado anteponer “lo mejor” a “lo bueno”?
Cada uno de nosotros, como personas que somos falibles en cualquier sentido, presentamos nuestras propias grietas……
……pero siempre-siempre existe la posibilidad de “aprovechar tales grietas” para transformarlas en opciones y oportunidades para con uno mismo.
Las grietas también tiene su valor).

 

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