Érase una vez, hace mucho-mucho tiempo,
dos mujeres ancianas y enfermas se hospedaron en una albergue de reposo y de retiro.
Fueron alojadas en una alcoba del tramo más alto, aquella que tenía un ventanal grande que daba al exterior.

Bajo la ventana yacía el lecho que ocuparía la mujer que, aun siendo anciana, conservaba fuerza para moverse por si misma.
La otra mujer, debido a su fragilidad vital y física, prefería más la penumbra, con lo cual su lecho se colocó en el rincón de la alcoba.
Las dos mujeres compartían con armonía la alcoba.
Las horas y los días iban transcurriendo, pero daba la sensación que el tiempo se había detenido en aquel pequeño mundo lleno de armonía, donde dos vidas firmaban su final.

Los mujeres conversaban sin ninguna prisa, en paz.
Sucedía, pues, que cada tarde, la anciana que yacía cercana al ventanal, le relataba a su compañera, con descripción precisa, el paisaje que vislumbraba:
árboles…… montañas…… ganado paciendo…… pastores……
fuentes y pájaros…… y el cielo – nubes, sol, niebla, azul, gris…… –

La mujer anciana que yacía en su lecho al fondo de la alcoba penumbrosa,
revivía, con estos relatos, una sensación vivificante como si su mundo limitado se agrandara.
Aires nuevos le llegaban a su corazón y a su memoria.
No estando fuera, SÍ podía estarlo a través de su compañera.

Gracias a la exquisitez del relato de su compañera, la mujer impedida yaciente podía cerrar sus ojos y “ver” aquel paisaje…… “oler” aquella brisa…… y gozar de la escena.
El paisaje “vivía en su alcoba”

Y así fueron pasando los días……

Sucedió que una madrugada, inesperadamente, y nadie supo cómo, la mujer anciana del ventanal abandonó la hospedería. Nunca más se tuvo noticia de ella.

Así los hechos, la mujer anciana yaciente permaneció sola en su alcoba, en su rincón de penumbra.

En estas, que entrando la mesonera, la mujer anciana, desde

su penumbra, va y le pregunta:

– “¿Qué día hace hoy?…… ¿luce el sol o está nublado?…… ¿ya llegó el pastorcillo con sus ovejas?…… ¿y los pajarillos, beben ya de la fuente?…… ¿las ramas se mecen por el viento?
¡Decidme, decidme! echo en falta mi trocito de paisaje a mi vera”.

La mesonera, sorprendida, se dirige hacia el ventanal. Permanece un tiempo en silencio. No responde.
– “¡Decidme, decidme! echo en falta mi trocito de paisaje a mi vera” – vuelve a insistir la anciana desde la penumbra,…… a lo cual la mesonera responde:
–  “…… es que solo hay un gran muro; un gran muro hecho de piedras y argamasa……
y tan alto, tan alto, que llega hasta las nubes.
No hay nada más que ver”.

La mujer yaciente desde su penumbra exclama:
– “¡pero cómo! ¿y que hay del paisaje?…… ¿de los árboles?…… ¿de las montañas?…… ¿del ganado paciendo?…… ¿de los pastores?…… ¿de las fuentes y de los pájaros?…… ¿y del cielo?”

La mesonera volvió a responder, esta vez pausada y firmemente:
– “Nada. No hay nada.
Sólo existe el muro. Piedra y argamasa hasta el cielo.
Nada más”.
…… y además, ¿no os disteis cuenta de que la otra mujer era “CIEGA”? Ya no veía nada.

Transcurrieron unos instantes de un espeso silencio.
Finalmente y con un hilito de voz, la mujer yaciente de la penumbra, preguntó – y se preguntó a sí misma – “¿qué habría podido ser el que indujera a su compañera a describirle tantos paisajes maravillosos a través del ventanal?”.

La mesonera no tuvo tiempo de responder, puesto que la misma enferma avanzó prestamente la respuesta:
– “Lo hizo por amor”

(¡Empatía!…… ¡Empatía!…… ¡Empatía!…… ¡Compasión! …… ¡Compasión! ……
Entender al otro…… ser sensible con el otro…… meterse en la piel del otro……
¡Generosidad!…… ¡Generosidad!…… ¡Colaboración!…… ¡Colaboración!……
Tus ojos son mis ojos.
Tu bien es mi bien.
Tu felicidad es la mía).