Mi bus da un frenazo de sopetón. Ningún pasajero se ha caído. Pero, ¿y si así hubiera ocurrido?. Pienso.

Pienso que si YO fuera “socorrista”, y me enorgulleciera de serlo y estuviera satisfech@ de mi habilidad, muy posiblemente a todo ello le habría antecedido una formación teórica por mi parte…… unos ejercicios prácticos de “campo”…… un equipamiento adquirido, técnicamente correcto para la ocasión…… una dieta consecuente…… y un descanso adecuado, tanto muscular como anímicamente.

Por el contrario, si YO me dijera ser “socorrista”, pero no existiera ningún “principio de realidad” al que atenerme (NO haber cursado los estudios correspondientes…… NO haber practicado en ello…… NO disponer de un equipo preciso…… NO seguir una dieta adecuada…… NO respetar mis descansos……) YO me estaría auto-engañando en mi afán ilusorio de ser un/una buen/a “socorrista”.

Lo más seguro y predecible, en esta mi actitud ILUSORIA, es que “las cosas se me torcieran” (YO me accidentaría…… o YO enfermaría…… o YO correría riesgos innecesarios con respecto a la otra persona …… y, finalmente, NI TAN SIQUIERA, a la “víctima supuesta”, conseguiría rescatar).

Con todo ello reflexionado, concluyo que, para ser “SOCORRISTA DE LOS DEMÁS”, en primer lugar debo ser “SOCORRISTA DE MI MISM@”.

A la primera persona a la que YO debo mis atenciones…… mi energía…… mi delicadeza…… y mi compromiso (sin un alarde egocéntrico, ni auto-displicente, ni autoindulgente) es a mí mism@.