Érase una vez, en la escuela de una aldea lejana, un maestro sabio, justo y comprensivo.
Ocurrió que un día, justo al terminar el curso de lecciones y mientras el maestro ordenaba sus usados libros, resulta que se le acercó uno de sus discípulos y, en forma desafiante, le dijo:
– Maestro, por lo que yo más me alegro de haber terminado con sus lecciones, es por el hecho que ya no tendré que escuchar más sus aburridas enseñanzas y podré descansar de verle su cara vieja y arrugada.
El discípulo estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el maestro respondiera ofendido y enojado.
El maestro miró al discípulo por un instante – largo – y en silencio…… y así, con gran tranquilidad  va y le pregunta:
– Muchacho, cuando alguien te ofrece “algo” que tu no deseas, ¿lo aceptas?
– ¡Por supuesto que no! -contestó, de nuevo en tono despectivo, el muchacho.
De hecho, el discípulo se sentía desconcertado por la calidez y la serenidad de la sorpresiva pregunta formulada por el maestro.
-Verás – prosiguió el maestro – ocurre que cuando alguien intenta ofenderme, siendo desagradable conmigo, lo que me está ofreciendo, en este caso, es una emoción de rabia y de rencor…… que yo puedo decidir no aceptar.
– No entiendo a qué se refiere – dijo el discípulo, confundido.
– Muy sencillo – replicó el maestro –
Tú me estás ofreciendo rabia y desprecio…… y si yo me siento ofendido o enojado por ello, significaría que yo estaría aceptando tu regalo……
y yo, para mí, en verdad prefiero obsequiarme con mi propia serenidad.
Muchacho -concluyó el maestro en tono gentil-, tu rabia pasará y se disipará,
pero no trates de dejarla conmigo, porque no me interesa.
Yo no puedo decidir lo que tú quieres llevar en tu corazón,
pero de mi depende lo que yo albergue en el mío.

A día de hoy yo seré consciente y responsable de lo que yo entienda que pueda ser “amable” para conmigo.
Es mi responsabilidad el saber discernir qué puede entrar, o no, en mi “casa”, que soy yo.

 

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