Érase un vez, hace mucho-mucho tiempo, en una aldea muy lejana, vivían dos jóvenes muy enamorados que decidieron desposarse. En realidad se trataba de dos jóvenes con muy pocas riquezas materiales, provenientes de respectivas familias de una gran sencillez monetaria.
Así pues, el recién esposo pensó que era necesario abandonar la aldea y marcharse lejos, a una ciudad muy lejana, para conseguir, así, un buen empleo a fin de ahorrar algún dinero,
decidido lo cual va y se dirige a su recién esposa diciéndole:
– “Mi muy querida esposa, he decidido marcharme a la ciudad en busca de trabajo. Quizá tarde tiempo – mucho – en volver a nuestro hogar. Tal vez pasen muchas lunas…… y muchas más…… pero cuando vuelva dispondremos de los medios para reconstruir nuestra casa y tener hijos que nos sigan”.
Los jóvenes desposados se abrazaron con gran ternura y con llanto.
Y así fue como el recién esposo se puso en marcha hacia la gran ciudad desconocida.
Y toda esta despedida sucedía bajo la observación, sigilosa y astuta, por parte de un fantasma que los estaba observando. Y así fue como este fantasma tuvo noticia de la partida del joven esposo.
Resulta que el fantasma precisaba de una estancia donde acomodarse…… donde poder relacionarse…… donde poder divertirse…… y donde poder ahuyentar su soledad.
Así fue, pues, como el tal fantasma aprovechó la ocasión para tomar la apariencia del joven esposo, con lo cual, transcurridos pocos días de la marcha del joven esposo, el fantasma llamó a la puerta del hogar.
Al punto de abrirle la puerta la recién esposada, la mujer experimentó una grata y maravillosa sorpresa.
– “¡Que inesperada visita, amado esposo!” – exclamó la joven encantada y feliz, creyendo, verdaderamente, que de su auténtico esposo se trataba –. “¡No te esperaba en mucho tiempo! Has regresado después de muy pocas lunas transcurridas. ¡Qué alegría tan grande para mí!”
– “Así es, amada esposa” – replicó el fantasma -. “Desde la ciudad han prometido pasarme aviso tan pronto haya un buen empleo para mí. Mientras tanto ¿qué mejor que gozar juntos de nuestra compañía y compartir nuestro tierno amor?”
La joven esposa accedió muy risueña y feliz, y así empezaron a transcurrir los meses…… lunas y lunas.
De vez en cuando la joven esposa se miraba al fantasma, sin maliciar para nada…… y en su falta de malicia, al fantasma le veía “más cosas” que al que fuere su auténtico marido:
el fantasma se mostraba más simpático…… era más dicharachero…… y también más enamoradizo y displicente…… y quizás, también, más guapo incluso.
Pero la esposa no maliciaba. ¡Era tantas “cosas maravillosas” aquel fantasma! ¿qué mujer prescindiría de un fantasma así? Igualito-igualito a su marido, “pero más”.
Mientras tanto, el verdadero esposo se encontraba en la ciudad, donde sí había encontrado un empleo y trabajaba duramente noche y día para acumular unas monedas. De vez en cuando escribía a su esposa contándole las buenas noticias y confesándole su amor y su nostalgia.
Pero ocurría que el fantasma, que era muy-muy listo, interceptaba el correo y destruía las cartas.
Transcurrido un largo tiempo, el joven esposo, que con gran esfuerzo había conseguido algunos ahorros, decidió que había llegado el momento de regresar al hogar. Así pues, este joven esposo se puso nuevamente en marcha, esta vez de regreso.
Pasadas varias jornadas andando, llegó finalmente a su casa. Y en estas que cruza el dintel de la puerta y la abre, encontrándose, ante su estupor, con la joven esposa acompañada “de él mismo” (¡el fantasma!).
Si la sorpresa del recién llegado fue enorme, la que experimentó la joven esposa fue también inenarrable: ¡resulta que tenía dos maridos iguales!
– “Yo soy tu genuino esposo” – dijo el verdadero esposo
– “No es cierto. Soy yo” – aseveró el fantasma.
Así, y de esta manera, comenzaron a porfiar y a discutirse el auténtico esposo con el “esposo-fantasma”, sin que la joven esposa pudiese descubrir cuál de ellos era el verdadero.
– “Esposa mía, tú fuiste la que abriste la puerta a este fantasma usurpador.
Es tu responsabilidad, y elección, escoger y reconocer cuál de los dos es tu auténtico esposo, así como decidir con cuál de los dos deseas compartir tu vida”.
La joven esposa se quedó un rato en silencio, hasta que finalmente cogió una pequeña bolsa de cuero y dijo:
– “Aceptaré como esposo a aquél que fuere capaz de meterse enteramente en esta bolsa”
El auténtico esposo lo intentó, pero, naturalmente, no pudo conseguirlo.
En cambio, el “esposo- fantasma” lo logró sin ninguna dificultad, retorciéndose y haciéndose pequeñito hasta meterse, enteramente, en la bolsa.
El “esposo- fantasma” había caído en la trampa.
Rápidamente la joven esposa cerró el saco con una cuerda y lo echó (con el fantasma dentro) a un pozo profundo y negro, del que jamás podría salirse.
La joven esposa se abrazó a su joven marido (que sin ser “tan simpático…… ni tan dicharachero…… ni  tan enamoradizo…… ni tan displicente…… y quizás, también, no tan guapo”) sÍ era su marido honrado, que la amaba con auténtico y sincero amor.

(NO siempre “lo mejor es lo bueno para mí”
No siempre “lo más top, lo más ten, lo más guay, lo mejor de lo mejor,
lo más megaplus de plus ¡oooooohhh!…… es lo bueno para mí”.
“Lo mejor para mí” es lo auténtico, lo sincero, lo transparente……
aceptándolo, yo, “tal cual es”……
……  y que, ello se encuentre en coherencia con mi persona,
y que yo lo acepto tal como es……
porque resulta que ello es “lo bueno para mí”.
La “ilusión-ilusoria” de “lo mejor”, es sólo una “ilusión-ilusoria”…… tramposa y engañosa.
Yo siempre escogeré “lo bueno para mí”.
Apostaré por mi coherencia)