Cuando empecé a quererme, descubrí en mi interior una “fuerza” que me aconsejaba “BAJAR EL RITMO” y disminuir, también, la sensación de “PRISA” y de “PRESIÓN” con y hacia mi persona.

Esta “fuerza” fue enseñoreándose en mí, haciéndome más consciente de cada momento de mi vida.

Frecuentemente esta “fuerza” me susurraba:

-“¿A qué tanta “prisa”?¿Acaso se acaba el mundo?
– ¿Por qué asumir tanta “presión”?¿Acaso no existe la calma?
– ¿Por qué tanto “perfeccionismo” (con lo que sea)? ¿Acaso existe una “Ley personalizada” que obligue a rendir cuentas de las capacidades y habilidades de un@?
– ¿Por qué tanta “avidez emocional”, que me obliga a vivir en un continuo “vaivén en demasía-demasía”? ¿Acaso no existe “la llaneza del camino”?

Al prestarle atención a este susurro mío, su voz se amplificó, y se tornó en calidez para mi cuidado.
El susurro adquirió tonos y texturas amables, y eso lo cambió todo.

Hazlo con calma.
Hazlo fácil.