Un granjero tenía una gallina maravillosa, única: era una gallina ponedora de huevos de oro. Cada día ponía uno. ¡Un auténtico huevo de oro!
¡Suponía para el granjero una riqueza inmensa!
Nomás levantarse el granjero, andaba presto al gallinero, y allí ya se encontraba con el huevo de oro del día.
Pero el granjero escuchaba su vocecita interna, que “le pedía más”. Con lo cual este granjero, en lugar de sentirse feliz de disponer un huevo de oro cada día, empezó a pensar “¿qué pasaría si tuviera más…… y muchos más…… y muchos-muchos más?”
El granjero supuso que la fuente misteriosa de oro se encontraba en la panza de la gallina…… y pensó que si disponía de la panza entera, no tendría por qué esperarse, pacientemente, un día tras otro a la espera del huevo de oro que tocara aquel día.
Así que ¡zas! ¡le abrió la panza

a la gallina! La gallina fue a parar a la olla para el cocido. y el granjero se quedó con la panza.
¿Y qué encontró el granjero en esta panza? ¡PUES NADA!
Cierto que aquel día comería puchero sabroso, pero su gallina ponedora de huevos de oro ya no estaba viva.
El granjero había tenido la riqueza en sus propias manos y, definitivamente la había perdido.

¿Dónde podría encontrar, el granjero, una gallina ponedora de huevos de oro? Sólo en sí mismo, si creaba las condiciones interiores necesarias.
Nuestr@ “Niñ@ Interior Herid@” conserva “la edad real” de un niñ@. A este “Niñ@ interior herid@” le subyuga acumular “lo que sea”: objetos…… emociones…… e incluso personas y relaciones…… en su afán impulsivo, y no maduro, con el cual sosegar y sepultar su propia inseguridad y su propio miedo.
El impulso…… la gratificación inmediata…… la no planificación a medio plazo…… la falta de visión y de perspectiva…… todo ello es patrimonio de nuestro “Niño/a Interior Herido/a”.