Érase una vez, hace mucho-mucho tiempo, existía un Sultán que gobernaba en sus lejanos reinos de Oriente.

Resultó que un día el Sultán despertóse muy alterado, debido, ello, a una sueño inquietante nocturno: su Majestad se había visto a si mismo perdiendo todos sus “reales dientes”.

Una vez recobróse un tanto, batió sus palmas mandando llamar al Sabio de la corte para que interpretase su sueño y le aconsejara.

Presentóse el Sabio de largas barbas blancas y de conocimiento milenario.

Y así fue como escuchó a su Señor explicarse sobre su sueño perturbador.

Una vez finalizado el monarca su explicación, el sabio-anciano mesóse su barba en silencio y guardó unos instantes de mudez, hasta que finalmente exclamó:

-“¡Qué desgracia, mi Señor!” – exclamó el Sabio -. “Cada uno de vuesos dientes caído, representa la pérdida de un pariente de vuestra Majestad”.

En esta ocasión fue el Sultán quien permaneció, también, unos instantes ensimismado en su mutismo, pero con el entrecejo fruncido y manteniendo un semblante huraño, hasta que, finalmente, va y le espeta al sabio-anciano:

-“¡Qué insolencia!” – gritó su Majestad, enfurecida -. “¿Cómo te atreves a decirme semejante predicción? ¿es que le has perdido tu respeto a tu Señor, tu Rey? ¡Fuera de aquí!”

Así fue como llamó a su guardia de palacio y ordenó que le expulsaran del reino.

¡Tamaña insolencia y osadía merecía tal castigo!

A todo esto, pero, el Sultán seguía sin conseguir interpretar su sueño perturbador.

Y así fue como mandó llamar a palacio a la sabia-curandera de renombre que vivía allende en las montañas.

La sabia-curandera, después de escuchar con mucha atención, por boca del propio Sultán, tal sueño enigmático, va y le responde con prontitud y sin dilación:

– “Excelso Señor, gran felicidad os ha sido reservada.

El sueño que se os ha mostrado, significa que sobreviviréis a todos vuestros parientes.

¡Larga vida a su Majestad! ¡Larga vida a su Señor!”

Escuchada tal predicción, al Sultán se le iluminó el semblante con una gran sonrisa, mostrando, también, un porte distendido…… con lo cual mandó llamar a su chambelán de palacio y ordenóle que le dieran cien monedas de oro, a la sabia-curandera,  en muestra de su “Real gratitud”.

 

Cuando la sabia-curandera cruzó el dintel de palacio, uno de los cortesanos la abordó admirado, y le interpeló:

– “¡No es posible, sabia mujer, tal conducta opuesta en su Majestad! La interpretación que vos habéis hecho, del sueño Real, es la misma que la que dijere el primer sabio,  más el primero fue expulsado de palacio, y a vos os recompensa con cien monedas de oro”.

La sabia-curandera miróle a los ojos al cortesano, y respondióle sosegadamente:

– “Amable cortesano, es de menester que recordéis el siguiente consejo:

«Todo aquello que vos digáis por vuestra boca, y el resultado que de ello obtengáis, va a depender de la forma en el decir.

Sed sensible y estad atento a todo “aquello” que no se os habla, pero que sí se os dice.

Sed prudente con el “sentimiento del miedo” de aquel otro que se os dirige.

Vislumbradlo y tratadlo bien.

Ver, o no ver, el “sentimiento del miedo” de su Majestad, os puede propiciar un castigo u os puede suponer una gracia»”.

 

(¡Qué importante es empatizar con nuestro comunicante!

¡Qué importante es saber leer, entrelineas, el mensaje de nuestro comunicante!

¡ Qué importante es discriminar y vislumbrar los sentimientos ocultos y disfrazados, que, no verbalizándose estos, sí pueden ser descifrados por nuestra intuición y sensibilidad.

Que la verdad debe ser dicha, ello es cierto, mas la forma en que es comunicada, esta va a ser la causante, en algunas ocasiones, de fricciones relacionales).