Érase una vez, hace mucho-mucho tiempo, en aquel Oriente lejano, habitaba un Rey al que le regalaron dos crías de halcón.
El Rey gozaba con el arte de la cetrería, así que su Majestad agradeció, emocionado, el tal presente.

Así pues, mandó llamar al “maestro domador” experto en cetrería, para que entrenara a estas dos crías.

Pasado un tiempo, este domador se presentó ante su Rey, comunicándole que uno de los dos halcones se había convertido en un halcón adulto y fuerte, y perfectamente hábil y entrenado; un auténtico trofeo en este arte de la cetrería real.

Pero el domador, ahora ya con la voz queda y la testa cabizbaja, también le comunicó, a su Majestad, que con la otra cría de halcón su destreza no había surtido efecto, puesto que seguía siendo un ave pequeña, huidiza…… y que no se había movido de la rama desde el día de su llegada a palacio.

Tan grave era su situación (la de la cría) que todo el servicio del maestro domador debía de llevarle el alimento hasta su propio pico.

Su Majestad asintió varias veces en silencio, y permaneció ensimismado un tiempo interminable…… hasta que, finalmente, se dirigió a su corte exhortándoles a que fueran en busca de todo curandero o sanador que fuera capaz de criar al polluelo…… y de transformarlo en otro magnífico ejemplar de  cetrería.

Fueron muchos los curanderos y sanadores que se propusieron rescatar y sanar al tal halcón…… pero ninguno de ellos, transcurrido el tiempo, logró la solución.

El Monarca, a través de la ventana de sus aposentos, podía seguir viendo que aquel polluelo continuaba inmóvil y languideciendo.

Su Majestad, también muy apesadumbrada, decidió publicar un edicto donde prometía recompensar a toda aquella persona (fuese, o no, curandera o sanadora) que pudiese dar con la cura al tal problema real.

¡Y llegó el día! ¡”alguien” había conseguido que el halcón volara…… y, además, que volara majestuosamente!

Esta vez sí: por la ventana del recinto del Monarca, este vislumbraba el despliegue de las alas regias del halcón…… así como su elegancia en el volar.

Así pues, su Majestad volvió a reunir a la corte y mandó que le presentaran al autor de tal milagro.

Y así fue como ante el Rey se postró una humilde campesina

– “¿Tu hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo conseguiste? ¿Acaso le has practicado un hechizo?.

La humilde campesina se levantó ante su Rey, y con mucha serenidad le respondió:

– “Fue muy fácil, Majestad, sólo le corté la rama en la que el polluelo se apoyaba. Fue entonces cuando el polluelo percibió que tenía alas…… y así fue como aprendió a volar”.
(Todos disponemos de “recursos internos”, sean cuales sean estos en su forma y expresión.
Existen, pero, circunstancias donde estos se ven refrenados y sin posibilidad de su plena manifestación y despliegue.
Cuando ello ocurre, normalmente encontramos la presencia de “miedo” o de “temor” detrás de estos bloqueos emocionales.
“Cortar la rama” significa “soltar el miedo”…… y al “soltar el miedo” toman legitimidad y oportunidad nuestros “recursos internos”, habilidades y talentos personales).