Cuentan que una vez, ha mucho tiempo, existía un rey sabio y justo, y que velaba por el bien de su pueblo.

Su Majestad conocía, uno por uno, a todos los habitantes de su reino: aquél era el molinero…… aquél otro el tejedor…… la joven, la lavandera…… la anciana, la costurera…… el “chiquito”, “el hijo de”…… la muchacha, la futura casadera…… y así con tod@s.

Este Rey justo supo de un joven de su reino, el cual presentaba un porte enfermizo y endeble: sus espaldas, sus brazos y sus piernas no tenían el vigor suficiente como para sostenerle…… con lo cual cualquier tarea le estaba prácticamente imposibilitada.

El Rey mandó llamar a los más excelsos médicos de su corte…… pero una vez habiendo sido examinado el joven, aquellos médicos – de vasto conocimiento –

le comunicaron a su Majestad “que desconocían el origen de aquél mal, y que no estaba en sus conocimientos el poder sanarlo”.

Su Majestad se entristeció mucho, puesto que deseaba bienestar y prosperidad para su reino.

Así que decide llamar al joven para que acuda a su presencia.

– “Joven, Yo, tu Rey, te ordeno que te dirijas hacia aquella roca tan grande que permanece en la cima de la montaña…… y Yo, tu Rey, te ordeno que, a partir de hoy, tu obligación diaria consistirá en empujarla cada día…… durante todo un año entero.

Transcurrido este año, Yo, tu Rey, te ordeno que te vuelvas a presentar ante mí”.

El joven se quedó totalmente sorprendido y azorado ante la ordenanza de Su Majestad el Rey. ¡Pero si él era muy débil! ¡Su propia flaqueza y su propia fragilidad no le permitirían levantar siquiera una piedrecita mediana! – pensaba el joven para sí.

Pero ante la imposibilidad de desobedecer el mandato de Su Majestad el Rey, el joven obedeció, y se dirigió hacia aquella roca tan grande que permanecía en la cima de la montaña.

Y así fue como, día tras día, el joven empezó a empujarla con todas sus fuerzas…… esforzándose…… restañando los dientes…… apretando las mandíbulas…… sudoroso todo él…… en un acto de acatamiento a la orden real.

Pero, a pesar de tal esfuerzo sobrecogedor, aquel joven no conseguía moverla – a la roca – ni de un lado ni de otro.

Transcurrido un tiempo largo, al joven le empezó a sobrevenir el desánimo: ¿qué sentido tenía todo ello? ¿por qué el Rey le había encomendado tal tarea? ¿y por qué a él, precisamente?

El joven mantenía una conversación contradictoria dentro de sí: ¿acatar la voluntad de Su Majestad el Rey, o rebelarse en su contra?.

Más, a pesar de todo, el tiempo seguía transcurriendo…… y, desde que se alzaba el sol hasta que se ocultaba, aquel joven seguía empujando la enorme roca de la cima de la montaña ¡pero sin moverla siquiera!

Transcurrido, ya, el año acordado, el joven volvió a presentarse ante el Rey su Señor, y con la cabeza cabizbaja y semblante desolado, va y le dice:

– “Mi Señor mi Rey, ante vos me postro. Este joven que veis ha estado empujando la piedra durante todo el tiempo acordado, tal y como vos me pedisteis…… pero siento deciros, mi Señor mi Rey, que he fracasado, puesto que me ha sido imposible mover la tal roca en ningún sentido”. – y dicho ello, el joven se echó a llorar amargamente, convencido en su muy evidente fracaso.

Ante su sorpresa, Su Majestad el Rey se alzó de su trono, y dirigiéndose hacia el joven, le rogó que se levantara.

Estas fueron las palabras que su Majestad el Rey le dirigió al muchacho:

– “¿por qué lloras, joven? ¿acaso Yo, tu Rey, no te pedí que empujaras la roca?

Yo, tu Rey, NUNCA te pedí que la movieras de sitio…… simplemente que presentaras tu fuerza contra ella.

Mírate ahora a ti mismo, joven: tus espaldas, tus brazos y tus piernas se han fortalecido…… tu cuerpo entero se ha robustecido.

Nunca jamás volverás a ser el joven enfermizo y frágil sin posibilidad para el arado, el yunque o el telar.

No has fracasado en absoluto.

Y además, Yo, tu Rey tu Señor, he conseguido mi meta (sanarte y robustecerte)…… y tu (fiel y obediente joven) fuiste parte de este plan”.

(Sucede que en muchas ocasiones, a tiempo presente, somos incapaces de tener la perspectiva – en cuanto a entendimiento y comprensión – del porqué se nos presentan determinadas situaciones y circunstancias en nuestra vida.

En nuestro afán de inmediatez, empezamos a rebuscarle una lógica – la nuestra – al porqué de este nuestro acontecimiento.

La sabiduría que se adquiere, con la maduración vital progresiva, nos permite enfoques y perspectivas distintos en cuanto al sentido de los acontecimientos vitales que se nos presentan.

“Lo que sucedió en aquel momento” – para nosotros entonces incomprensible – resulta que “en estos momentos” (a día de hoy) su entendimiento es totalmente comprensible).

 

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