Pues resulta que casi no la había visto. Era una anciana señora con el coche detenido en el arcén de la carretera.

El día frío, lluvioso y gris…… y los coches circulando, ciega e insensiblemente, no apercibiéndose de la situación apurada de la anciana señora.

En estas, que va y pasa un hombre joven, de semblante preocupado, absorto en sus propios pensamientos. Se entreveía, en su rictus, que pasaba por dificultades. Y, a pesar de todo ello, fue la única persona que se percató de la anciana apurada.

Frenó su furgoneta refunfuñando: seguía lloviendo con más intensidad…… calaba el frío y  “tose que tose”…… se avecinaba la noche…… su estómago se sentía hambriento…… y, además, sólo disponía de una gorra gris, raída y sucia para resguardarse de la lluvia. Ni paraguas, ni chubasquero.

Realmente, para esta anciana señora, este joven que le ofrecía su ayuda “no tenía muy buen aspecto”…… pero resulta que ésta, y no otra, era la única persona que estaba dispuesta a ayudarla.

La anciana señora, que seguía aferrada a su volante, se sentía absolutamente a merced de la situación.

El joven de la gorra gris, raída y sucia pudo percibir la inquietud de la señora…… en su rostro se reflejaba cierto temor. Así que él se adelantó a tomar la iniciativa en el diálogo:

– “Buenas, señora ¿puedo ayudarle en algo? ¿tiene usted algún problema? – le espetó mientras se rascaba la nuca y se recolocaba la gorra gris, raída y sucia, en un vano intento en protegerse “de la que estaba cayendo”.

– “No es necesario que se apee usted del coche, señora – seguía diciendo el joven -.

De esta manera estará, usted, más protegida de la lluvia. Yo me encargaré de todo, déjelo en mis manos”.

La anciana señora aceptó, pues, su ayuda. Sintió un alivio inmenso ante el ofrecimiento de aquel hombre joven.

En un periquete el joven cambió la rueda pinchada. Sus manos diestras y fuertes, pusieron la señal luminosa…… dieron con “el gato”…… desatornillaron y atornillaron los respectivos neumáticos……

…… y todo ello en un “plis – plas”…… pero calado hasta los huesos (“tose que tose”) y chorreando su gorra gris, raída y sucia.

– “Listo, señora. Ya puede usted marcharse” (en aquel momento el viento racheaba).

La anciana señora hizo el ademan de quererle corresponder con algún dinero.

Ante su gesto, el joven se quedó muy sorprendido: realmente aquella situación era un dilema para él: sólo disponía de trabajo un día a la semana, y, tal y como estaban yendo las cosas, se rumoreaba, por ahí, que pronto prescindirían de él completamente.

¡Jolines, qué bien podría irle este dinero! Era joven y necesitaba esperanza en la vida.

– “ Nada, señora, nada. No me debe usted nada. Váyase ya, no sea que pille un resfriado”.

Pero al instante añadió:

– “Mire señora, si desea usted retribuirme esta ayuda, lo que yo prefiero es que, la próxima vez que usted perciba a alguien necesitado, y esté en su mano poder ayudarlo…… ‘tan solo piense en mí, el joven de la gorra’”.

La anciana señora arrancó su coche, y, detrás de ella él arrancó su furgoneta. Ambos se perdieron en la negrura nocturna, y por distintos caminos.

Pasados unos kilómetros la anciana señora se sintió cansada y con la sensación de que le invadía el sueño, así que decidió detenerse en un área de servicio y tomarse un café cargado.

La muchacha, que le sirvió el café, presentaba un barrigón enorme: 38 semanas de embarazo y “a punto de cumplir”.

Tal muchacha cubría el turno de tarde-noche, arrastrando sus piernas hinchadas y cansadas, embarazadísimas, y que pedían descanso ¡ya!.

A pesar de aquel barrigón y de sus piernas cansadas, la joven muchacha le sirvió el café, a la anciana señora, con una amable sonrisa.

La anciana mujer miró fijamente aquel barrigón: en su tiempo ella también había sido madre, y también había transportado aquella tripa enorme meses y meses.

En silencio le deseó “buena suerte y felicidad” a la muchacha.

Bebido el café a sorbos rápidos, la anciana señora se levantó y abandonó el local. Su coche ya zumbaba nuevamente por la carretera.

Cuando la joven “de la tripa llena” se acercó a por la cuenta, se encontró, sorprendida, con un billete muy cuantioso en calidad de propina.

¿Quéééé? ¿habría sido una equivocación de la anciana? (se preguntó la joven)

Casi con miedo, sujetó el billete entre sus dedos.

¡El cochecito! ¡El cochecito del bebé!…… ¡Ya tenía para el cochecito del bebé!

Su sueldo de camarera no alcanzaba para esta compra.

Y soñando con todo ello, sus ojos se detuvieron sobre la servilleta de papel que se hallaba sobre la mesa.

La servilleta se encontraba garabateada con unas palabras. Así decían: “No me debes ningún cambió. Alguien me ha ayudado anteriormente a mí, tal y como yo ahora te estoy ayudando a ti. La próxima vez que tu percibas a alguien necesitado, y esté de tu mano poder ayudarlo…… ‘tan solo piensa en mí’”.

La camarera embarazada dobló la servilleta cuidadosamente y, junto con el dinero, lo guardó todo en su cartera.

Acabada ya, su jornada, siendo muy-muy de noche, la camarera embarazada se apresuró a volver a su hogar.

Su esposo dormía ya. Mañana madrugaba. Su turno empezaba antes del amanecer.

Embarazadísima y cansadísima, la joven se acurrucó junto a su esposo en la cama…… y, cogiéndole su mano, se la colocó encima de su enorme barriga, para que percibiera, así, las últimas pataditas de aquel bebé tan deseado.

Y acurrucada aún más, prácticamente pegada al oído de su esposo, la joven va y le susurra:

-“No te inquietes, querido…… todo saldrá bien.

¡Ya tenemos para el cochecito! ¡Un cochecito nuevo…… plegable y de colores!

Qué duermas bien, querido. Te quiero mucho”.

Dicho esto, y mientras su esposo seguía durmiendo profundamente, la joven embarazada volvió a levantarse de la cama y se dispuso a prepararle la ropa para el día siguiente……

…… y lo primero que alisó, que limpió ¡y que BESÓ!…… fue su inseparable GORRA GRIS, RAÍDA Y SUCIA. Su querida gorra.

Redes. Simplemente redes.