Pues érase una vez, que en el transcurso de un frío invierno, ocurrió que el río de la localidad se heló por completo. Aquel rio, abundoso y fresco se había transformado en una gruesa y recia capa de hielo, prácticamente impenetrable.

Para gran alborozo de los niños, aquella helada inesperada les suponía una oportunidad de diversión y de juego: patinar por encima de aquel gélido entarimado.

Así que fue que dos niños amigos se calzaron sus patines…… y allá que van, yendo y viniendo con sus sencillas cuchillas…… y dibujando rastros, cual cicatrices, sobre este hielo fluvial.

La risa era grande, el júbilo les unía.

De pronto, pero, cual fatalismo inesperado, el hielo se quebró…… con lo cual uno de los niños cayó al agua, siendo engullido bajo el hielo.

Su compañero, ante tan fatal emergencia y ante la urgencia de la situación, atinó a coger una piedra – piedra muy pesante y que con mucha dificultad podía ser manejada – y con ella empezó a golpear, insospechadamente, aquel hielo traidor…… hasta que logró ¡sorpresa! ¡milagro! romperlo…… y asir la mano de su amigo (salvándolo).

Al poco tiempo llegaron los bomberos y los cuerpos auxiliares de socorro……

……temiendo, todos ellos, un siniestro y funesto desenlace.

Ante su sorpresa, casi con incredulidad y con un viso de irrealidad, se encontraron con el compañero rescatado…… vivo y arropado con prendas de abrigo secas.

Tales bomberos y cuerpos de seguridad, eran grandes expertos en situaciones de emergencia y de rescate. Portaban consigo un sinfín de artilugios, poleas, chalecos salvavidas y botiquines…… con los cuales podían desarrollar, con éxito, su siempre bienllegada presencia.

Aquellos hombretones, tan curtidos y adiestrados, sin salirse de su asombro van y le preguntan al niño rescatador:

– “¿Pero cómo lo hiciste? ¿Pero cómo pudiste rescatarlo?.

¡Esta capa tan gruesa de hielo es imposible que tu solo la hayas podido romper! ¡Si sólo disponías de una piedra!…… ¡y con tus manos tan pequeñas!

Adelantándose a la respuesta del niño salvador, apareció, inesperadamente y sin que nadie le hubiera percibido antes, un anciano vecino que vivía, desde tiempo ha, cercano al río. Con lo cual este anciano vecino va y dice:

– “Yo sé cómo lo hizo……”

– “¿Cómo?” – le preguntaron al unísono bomberos y socorristas – a lo que este anciano vecino respondió pausada y sabiamente:

– “Muy sencillo: este niño ha conseguido rescatar a su compañero porque no había nadie a su alrededor para decirle que no podría conseguirlo”.

(Solemos proyectar, a los demás que nos rodean, nuestras propias sensaciones y sentimientos de imposibilidad…… de miedo…… de limitación personal – cual “leyes personalizadas inamovibles” -……

……con lo cual, en muchas ocasiones, se da el caso que “este Otro” también se las hace suyas – cuando, en realidad, NO lo son –.

Esta es la razón por la que conviene pulir la expresión de lo que es realmente “nuestro-nuestro” – sin hacer proyección de ello -…… permitiéndole, a “este Otro”, un espacio para su auto-confianza en el desempeño de sus propias aptitudes.

No nos condicionemos, unos a otros, con nuestras propias “leyes limitantes”).