Pues resulta que se trataba de una aldea muy humilde y chiquitina, “perdida” en el fondo de un valle, y encerrada por un circo de montañas, cual murallas naturales.

En esta aldea sólo existía una escuelita precaria, muy sencilla, muy-muy humilde en cuanto a su construcción y condición.
La maestra llevaba años ejerciendo su tarea (¡vocacional, vocacional!) en tan solo una – y solo una –  reducidísima aula.

Su alumnado, muy diverso en edad, procedían de familias también muy-muy humildes, y de escasísimos bienes.

Resultó que, una mañana, el cartero le pasó aviso de un comunicado oficial: el nombramiento de su titularidad en una escuela de otra localidad…… con lo cual era obligado el traslado inminente al nuevo destino.
Con gran pesar suyo, y con una sentida tristeza en su corazón, la maestra fue despidiéndose, una por una, de todas las familias de aquel pueblecito…… y, muy encarecidamente de los que fueren sus alumn@s de aula.
Se reservó como última “aquella familia la más humilde…… la más precaria”.

Resulta que la tal familia (madre y padre y tres hijas) sólo disponían, para su sustento, de una cabritilla adulta, de la cual obtenían su leche…… su lana…… y sus cabritillos para el mercado.

Su economía, toda, dependía de la tal cabritilla. Así había sido siempre y así seguía siendo.
La maestra emprendió su viaje hacia su nuevo destino.
Sucedió, pero, que estando ya en su nueva escuela de esta otra localidad, le llegó aviso de un fortísimo vendaval y lluvias recias que habían asolado a su antigua aldea.
Pasó mucho-mucho tiempo en el que, ante la imposibilidad de acudir a la aldea damnificada, la maestra se inquietaba mucho cuando pensaba en tales familias…… y, muy especialmente, se sentía acongojada al referirse a la familia más humilde de todas: la familia de la cabritilla.
Pasaron los años. A la maestra se le ofreció la oportunidad de poder acudir, en visita, a su antigua aldea-escuela-familia-alumnado.
Emocionada, aceleró su paso. Pero, entrando ya por sus principales callejas, a su vista “le faltaba algo”. ¿Qué “algo”?

¿Dónde estaba la vivienda de la familia humilde de la cabritilla? ¿Dónde estaban los padres y sus tres hijas, de la tal familia cabritilla? ¿y de la propia cabritilla?
Detenida, de pie, su vista iba y venía, recorriendo una por una las viviendas de la aldea.

¿Dónde, pues, aquella caseta de tablones precarios?…… pues en su lugar ¡SORPRESA, SORPRESA! se erguía una digna vivienda…… de construcción amplia, firme y estable.
Así es que va y llama a la puerta…… y va y pregunta por la familia de la cabritilla: ¿qué fue de ellos? ¿y de las tres hijas?
Ante su congoja ¡SORPRESA, SORPRESA! la joven, desde el zaguán de la puerta, va y le responde:

– “Buenos días, maestra. Yo soy una de aquellas hijas. Yo soy la alumna de la familia cabritilla de tu escuela”.
La maestra, todavía no repuesta de la sorpresa (¡SORPRESA!) y, sin preguntar nada con palabras, SÍ lo preguntó con su mirada interrogante: “¿qué había sucedido?” “¿cómo se había producido tal transformación?”
La joven del zaguán esbozó una gran sonrisa de satisfacción (interior) y calmosamente, y una por una, desgranó las siguientes palabras:

– “Cierto, nosotros somos las hijas de aquella familia de la cabritilla.

Cierto, antaño nuestra riqueza consistía sólo en aquella cabritilla.

Cierto, de ella bebimos su leche, y, con su lana, tejimos “nuestro abrigo”.

La cabritilla fue nuestro sustento y nuestra razón de ser, durante muchos años……

pero el vendaval se la llevó.
Tras llorarla mucho, y mostrarle todo nuestro sentido agradecimiento, sucedió que en la familia se produjo un cambio en cuanto a actitud: se empezaron a desarrollar habilidades y talentos (de cada uno de nosotros) que ni siquiera sabíamos que disponíamos de ellos.

¡SORPRESA! Mi padre cultivó el huerto y acudió al mercado con lo que producía

¡SORPRESA! Mi madre tejió para otros, y, con el tiempo, recibió más y más encargos; llegó a disponer de un telar.

¡SORPRESA! Yo misma me presenté como ayudante en la escuela; con el tiempo también me convertí en maestra, con lo que mis dos hermanas pequeñas pudieron terminar sus estudios. ¡SORPRESA!
Realmente, la cabritilla, nos dio sustento antes de su desaparición…… y después, también, puesto que su ausencia provocó un cambio en nosotros.

El duelo sincero por la cabritilla, se convirtió en desconocidas oportunidades para cada uno de nosotros”.
(Lo que en apariencia se nos presenta como un “revés de la vida”…… un disgusto profundo…… una pérdida significativa……

también se puede transmutar en la oportunidad de hacer aflorar nuestros recursos internos…… revelar nuestros talentos y habilidades…… fortalecer nuestra determinación…… y activar nuestro propósito.

El “revés vital” puede suponer “DESAPEGARNOS DE NUESTRA ACOMODACIÓN PASIVA”.

El “revés vital” puede suponer el “DESAPEGARNOS DE NUESTRA CONDICIÓN VICTIMISTA” (cronificada, con la cual nos identificamos)

El “revés vital” supone una oportunidad para enfrentarnos “al cambio”).