Cuando empecé a quererme, aprendí “aquello” que YO hubiese dicho que YO nunca hubiere sido capaz de aprender.
Sencillamente, aprendí “a dejar de hacer lo que estuviera haciendo” -aunque fuera tan solo por un momento-
…… y aprendí, también (¡sorpresa!), a tranquilizar aquella parte de mí que me estaba regañando y que se sentía asustada (precisamente por dejar de hacerlo).

Cuando me amé de verdad, empecé a distinguir lo “Urgente” de lo “Importante”.
Simplemente, tales conceptos YO los había confundido.