Pues érase un artesano al que la vida le había ido privando de agudeza visual.

Sus manos, pero, seguían siendo tan diestras como el primer día, con lo cual, lo que su vista no alcanzaba, SÍ lo conformaban sus expertas y delicadas manos.

Llegó a destacar como un extraordinario artesano, y su fama trascendió allende.

Acercándose que fuere un día festivo, el artesano – casi ciego – deseó obsequiarle, a su propia hija, con una creación suya.

Así pues, el artesano – casi ciego – “puso manos a la obra”: de la nada, compondría un hermoso y exquisito caleidoscopio.

Diestramente, y con mucha paciencia y precisión, el artesano – casi ciego – fue tallando y recolectando pequeños cristalitos…… los cuales, a su vez, volvía a despedazar en decenas de partes.
Su mesa de oficio brillaba cual mosaico, repleto de cristalitos en una gran abundancia de colores y brillos. Infinidad de espejos.

Llegado que fuere el día festivo, el artesano – casi ciego –  con sus manos callosas pero firmes, le hizo obsequio del caleidoscopio a su hija.

La niña no cabía en sí de la dicha, y de la emoción, en entornar – ora a la derecha, ora a la izquierda – aquel milagro de caleidoscopio: ante si se entrelazaban y se des-entrelazaban infinidad de figuras y formas.
¡A cual más maravillosa!

Durante los días y las noches que le siguieron, la hija portaba consigo, por doquier, el preciado regalo.……

…… y con este preciado regalo, la niña regresó de nuevo a su escuela.

En estas, que ante la exhibición de su magnífico caleidoscopio, sus compañer@s se mostraron también fascinad@s por aquella maravilla.

Y así fue como, de entre el grupo escolar, un compañero se le acercó entusiasmado e intrigado a la vez:
– “¡Qué maravilloso caleidoscopio te han regalado! ¡Qué bonitos los cristalitos!
¿Dónde lo adquiriste?”

La niña, orgullosa de poder revelar aquella verdad emocionante desde su pequeño corazón, va y le contesta:

– “No, no me lo han comprado en ningún sitio.
Me lo ha construido mi padre.
Es un gran artesano”.

A lo que el otro pequeño replicó con cierto tono incrédulo:

– “¿Tu padre……?  ¡Imposible!  ¡Si tu padre está ciego!”

La hija del artesano – casi ciego – se quedó mirando largamente a su compañero…… y, transcurrida esta pausa, va y le sonríe, al tiempo que le contesta:

– “Sí, es cierto. Mi padre está ciego…… pero de los ojos…… ¡¡¡SOLAMENTE DE LOS OJOS!!!”

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