Cuando empecé a quererme, descubrí – cual venda que se me cayese de los ojos – que NO tengo que “PERSEGUIR” a la Vida.

Caí en la cuenta de que, en muchas ocasiones, YO había “perseguido” (¡uff, qué mal me suena ahora esta palabra!) a personas, a cosas y a situaciones.

Mi actitud de “perseguir” sólo me reportó ansiedad, un estado personal de tensión y una permanente insatisfacción interior.
Mi mente se mantenía siempre en un estado expectante de “alerta”.

Cuando empecé a amarme de verdad, aparté definitivamente mis “persecuciones”, con lo cual supe quedarme quiet@ y tranquil@.

Dejé mi “PUERTA ABIERTA” a la serenidad y a la aceptación.

Y ¡oooh, sorpresa!: sucedió que la Vida, llanamente y tal cual, vino a mí.

Pasar del “Cero” al “Uno”
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