Cuando empecé a quererme, empecé “a sentir mis sentimientos”, y NO “a analizarlos”; sencillamente “a sentirlos”.

Fue entonces cuando aparqué mi “mente pensante”…… aquella, la analítica…… aquella, la discursiva…… aquella, la especulativa…… aquella, la obsesiva…… aquella la de las contrarréplicas, ofertas y contraofertas.

Sencillamente, depuse toda mi energía en seguir alimentando esta “mente pensante” mía – tan inconexa con mis propios sentimientos – y dirigí mi mirada hacia mi corazón.

Cuando empecé a amarme de verdad, escuché mi corazón y lo sentí.
Sentí mis sentimientos. Me sentí “YO”.

Cuando lo hago, todavía a día de hoy, sucede algo maravilloso.

Inténtalo. Ya verás.