Nueng-Dué era una mujer africana, del África negra-negra, que habitaba en una aldea perdida donde el sol abrasaba. Polvo y silencio.

Pertenecía al clan familiar de los Nueng.

Nueng-Dué, como el resto de los Nueng, vivía del pastoreo de algunas cabritas, alimentadas por rastrojos secos.

A pesar de todo ello, Nueng-Dué conservaba su sonrisa, y prodigaba afabilidad y trato amistoso para con todas las personas de su poblado.

Kwoowo-Dóó también era una mujer africana, del África negra-negra, que habitaba en una aldea perdida donde el sol abrasaba. Polvo y silencio.

Pertenecía al clan familiar de los Kwoowo.

Kwoowo-Dóó, como el resto de los Kwoowo, también vivía del pastoreo de algunas cabritas, alimentadas por rastrojos secos.

Pero a diferencia de Nueng-Dué, Kwoowo-Dóó, no conservaba su sonrisa, y no prodigaba afabilidad ni presentaba un trato amistoso para con las personas de su poblado.

La sequía, el escaso alimento y aquel suelo no fértil, eran iguales para ambos poblados, los Nueng y los Kwoowo.

La diferencia radicaba en que en la faz de la mujer Nueng se dibujaba una sonrisa permanente…… mientras que en la expresión de la mujer Kwoowo se expresaba una permanente tristeza y un insistente dolor.

Ambas mujeres, Nueng-Dué y  Kwoowo-Dóó, coincidían, tras una larga caminata, al único pozo de agua de la zona…… al cual acudían para llenar cuencos y cántaros…… y transportarlos luego – cual filigrana de equilibrio – encima de sus cabezas.

Y fue, precisamente, en uno de estos encuentros conjuntos, donde Nueng-Dué se interesó por la tristeza y el dolor de Kwoowo-Dóó.

-“¿Qué habita dentro de ti, Kwoowo-Dóó, que tanta infelicidad te produce? ¿qué mal te aqueja?” – para añadir luego a continuación:

-“El agua es buena…… las cabras dan leche…… con su cuero nos vestimos…… el Sol nos saluda cada mañana y la Luna nos acuna cada noche. ¿no es este el “Espíritu bueno” al que bendecir? – a lo que Kwoowo-Dóó respondió:

-“Mi agua del cántaro se enturbia cuando llega a mi poblado…… a las cabras de mi familia se les seca la leche…… el cuero se nos resquebraja y ya no se nos curte…… mis ojos están permanentemente empañados de lágrimas, con lo cual ya no saludan ni al Sol ni a la Luna”.

Nueng-Dué asintió en silencio la triste respuesta de Kwoowo-Dóó, ante la cual sólo respondió:

– “Tus cabras son de la misma estirpe que las mías…… siendo la misma leche de la que bebemos todos.

Tu cuero es fabricado del mismo modo que el nuestro…… y el mismo Sol y la misma Luna aparecen, en el mismo cielo, para ambas.

No somos distintas. Ambas somos iguales. Yo pertenezco a los Dueng y tu perteneces a los Kwoowo, pero en lo restante no hay diferencia alguna.

Te invito a que me acompañes un día, y solo un día, a mi poblado. Serás bien recibida”.

Y así fue como las dos mujeres – Nueng-Dué y Kwoowo-Dóó – emprendieron el camino juntas hacia la aldea de los Nueng.

Muy cerca ya, de las chozas, se alzaba un pequeño árbol – diríase que superviviente en aquel paisaje de sequía – retorcido y para nada frondoso…… acostumbrado al Sol y a su calor cegador.

Nueng-Dué, justo al pasar por delante de él, se detuvo brevemente…… y alzándose de puntas (descalzas) acarició una de sus ramas con sumo respeto.

Acto seguido sopló encima de esta rama, entrecerrando sus ojos, y musitando unas palabras en su lengua Nueng…… y, finalmente, anudó una tirilla de cuero alrededor de una rama.

Tal tirilla de cuero era mecida por el viento de la sabana, curtida por el calor y el frio de aquella África negra-negra.

Ante tal actuación inesperada, Kwoowo-Dóó le inquirió a Nueng-Dué sobre su actuación.

Así fue la respuesta que Nueng-Dué ofreció a Kwoowo-Dóó ante su pregunta:

– “Este es mi árbol sagrado. A el invoco para que nos prodigue su protección.

A él le refiero mis temores y mis tristezas.

Él vela por mi (y por nosotros)…… y en esta loa, nosotros lo vestimos y embellecemos con las tirillas de nuestro cuero”.

Pero Nueng-Dué siguió diciendo:

-“Los Nueng, y yo misma, conocemos bien que el cabrito puede no nacer…… que la leche puede agriarse…… que el cuero puede no curtirse…… que el Sol queme en demasía o que la Luna sea cubierta por la nube……

…… pero en ninguno de estos casos – ni yo – ni mi esposo – ni mis hijos – ni todo mi clan – entendemos que tales dificultades nos pertenezcan……

……así que, simplemente, cada noche, al pasar por delante del “árbol sagrado”

las cuelgo (a las dificultades) en forma de una tirilla de cuero…… al tiempo que venero y agradezco la protección sagrada del árbol.

Luego, en la mañana, cuando amanece y salgo de nuevo de camino al pozo, recojo de nuevo las tirillas de cuero.

Lo sorprendente es – dijo sonriendo Dueng-Dué – que cuando salgo a recogerlas, ni remotamente encuentro tantas tirillas como las que yo recordaba haber colgado la noche anterior”.

A partir de aquel día, en el poblado de los Kwoowo – quien quisiera verlo -también pudo apreciarse un árbol retorcido y reseco, pero que retoñaba incansablemente…… y con todo su ornamento que presentaba: simples tirillas de cuero.

Kwoowo-Dóó cambió su semblante. Su expresión de tristeza, y de dolor, se transmutó en afabilidad y trato amistoso para con todas las personas de su poblado.

Fueron unas simples tirillas de cuero.

 

(Las habilidades emocionales pueden darse en cualquier situación y circunstancia, independientemente de si nuestra cultura es letrada o no, e independientemente de nuestra posición social y económica.

Este talento emocional, con el tiempo es conocido como “Sabiduría”.

“Trabajar” nuestra buena “gestión emocional” – de nuestro día a día – ello aumenta el “acervo de sabiduría” que habita en nosotros).